Estamos ante un cambio de paradigma en el ámbito laboral. Con la llegada de la globalización, la hiperconexión, la digitalización y los entornos altamente cambiantes y llenos de incertidumbre —en los que la IA tiene un papel relevante— conviven distintas generaciones que han sido partícipes de estos contextos evolutivos. Algunas se han resignado, otras han aceptado estos cambios, mientras que otras los han vivido sin apenas posibilidad de establecer una comparativa.
La realidad es que, ante estos nuevos estímulos, las personas trabajamos en entornos que demandan una constante adaptación a las nuevas exigencias que surgen en los equipos, estrategias y políticas empresariales.
“Y estas nuevas generaciones, vienen fuerte, ¿no?”; “Hay que tener más cuidado para no herir sensibilidades”; “Sois una generación de cristal”; “La cultura del esfuerzo ya no es la misma”; “¿Dónde está el compromiso de antes?”; “Parece que ahora solo hay más derechos que deberes”. Estos son algunos de los comentarios que he escuchado en los últimos años, basados en posibles experiencias subjetivas. Yo misma, como miembro de una generación más joven, me cuestiono qué hay de verdad o de sesgo en todo esto. Y, sobre todo, hasta qué punto nos perjudica a quienes tenemos muchas ganas de trabajar y una verdadera sed de aprender.
El sentimiento de pertenencia, los valores, la fidelidad y lealtad a una empresa han cambiado, y esto no tiene nada de malo. No significa que se hayan perdido, sino que su forma de entenderse y encajar en el mundo actual ha evolucionado. Hablamos de diferentes contextos sociales que han propiciado nuevas formas de relacionarnos con el trabajo y con la vida.
Las prioridades parecen haber cambiado. Conseguir una promoción o planificar una larga carrera profesional tal vez ya no es sinónimo de éxito para muchos jóvenes profesionales. Quizás otras decisiones personales nos otorgan más bienestar y preferimos priorizarlas. Esto puede generar un choque con personas que llevan más tiempo en la vida laboral, quienes consideran que el concepto de sacrificio y esfuerzo ya no se valora de la misma forma. Puede que tengan razón, pero deberíamos preguntarnos: ¿qué nos está llevando a priorizar aspectos como el tiempo libre, el salario, la conciliación o la flexibilidad?
Quizás te resulten familiares algunas de estas reflexiones. Nos enfrentamos a un nuevo reto: la convivencia generacional y sus posibles transformaciones.
No pretendo contribuir a una simple etiqueta que clasifique o encasille a cada generación según su comportamiento y valores. Caeríamos en una trampa reduccionista y en una falta de apertura mental, necesaria para entender algo tan sencillo como convivir en un espacio de trabajo donde coexisten generaciones que están contribuyendo al relevo generacional actual. Las etiquetas pueden ser útiles, pero no creo que sea necesario categorizarnos de manera generalizada. Hacerlo nos limita y reduce nuestro potencial.
Creo que el verdadero reto es ver en este cambio de paradigma nuevas formas de cuestionarnos cómo nos relacionamos con nuestro trabajo, el tiempo que le dedicamos, el equilibrio con nuestra vida personal, cuánto nos comprometemos y en base a qué se refuerza ese compromiso hoy en día, que no tiene por qué ser el mismo de hace 30 años. Por supuesto, el liderazgo también juega un papel clave, modulando las formas de comunicación y motivación en los proyectos. Valoramos la cercanía y rechazamos las barreras que crean un exceso de autoridad.
Nos preocupan cuestiones como el futuro, el aprendizaje, el desarrollo, el crecimiento y la calidad profesional. Pero también nos importan el bienestar en los equipos, la salud mental, un salario digno y el respeto, la diversidad y la inclusión equitativa de todas las personas.
¿Qué fructífero aprendizaje podemos sacar de todo esto?
- Las generaciones con más años en el mercado laboral nos han transmitido una multitud de valores que tenemos la oportunidad de aprender, admirar, observar, cuestionar y preguntar. Para mí, representan esfuerzo, dedicación, compromiso, entrega y responsabilidad.
- Las nuevas generaciones también tenemos mucho que aportar. Venimos con olas de creatividad, cuestionamientos, disrupciones, miedos, ambiciones y preocupaciones que buscan que la identidad no se reduzca únicamente al ámbito profesional.
No se trata de evaluar si ciertas cualidades son positivas o negativas, sino de ser conscientes de que la intersección entre generaciones puede ser muy positiva, permitiendo que aprendamos unos de otros, a pesar de la posible brecha generacional. Esto no tiene por qué redundar en una falta de entendimiento.
Todo es más sencillo cuando aceptamos que las demandas del mercado laboral están cambiando, que el modelo de trabajo se está transformando, que las necesidades de conciliación son múltiples y necesarias, pero sobre todo cuando paramos a escucharnos y respetarnos. Esa es la clave: cuando nos despojamos de nuestros prejuicios y sesgos, y nos permitimos escuchar las necesidades e inquietudes de los demás, empatizando o, al menos, intentándolo.
Lo que para ti es importante, para mí no tiene por qué serlo, pero trato de entenderlo y de llegar a un acuerdo. De eso trata la convivencia.
La magia y el esfuerzo de la comunicación radican en generar espacios donde podamos compartir nuestras inquietudes, necesidades o puntos de vista sobre las dinámicas y conflictos del día a día. La mala suerte es que la inercia diaria nos lleva a no crear esos espacios de confianza y cercanía. Un desayuno, un café… A veces esos encuentros hay que forzarlos.
Tomar conciencia de los contextos de cada persona o generación es clave para construir un mejor espacio de trabajo donde convivir, ser y estar. Independientemente de si tu generación es la X, la Y o la Z, es importante que todos podamos formar parte de este engranaje de bienestar y convivencia en el trabajo.
Y, por supuesto, entender las nuevas necesidades nos sirve para captar y fidelizar el talento que entra hoy en las compañías. Esto debería ser, en mi opinión, un punto de partida para reconsiderar nuestras políticas de selección, atracción del talento, conciliación y generación de compromiso a través del feedback y otras herramientas que impulsen el talento y la satisfacción.
¿De qué nos sirve estar al día de todas las tendencias si luego no somos capaces de integrarlas y adecuarlas a las nuevas necesidades?
Escuchar – para entender – las necesidades de las personas es clave para acercarnos y vincularnos eficazmente.

Artículo escrito por Paula Domínguez